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dilluns, 1 de setembre de 2008

Les orelles petites

    - [...] Cuando yo era niño, creciendo todo mi cuerpo naturalmente, y mi cabeza a compás, se me quedaban las orejas chiquitas, como cerezas, tanto que no oía las palabras largas, esas que los gramáticos que estudiaron mi caso llamaron trisílabas o polisílabas, que no daban entrada, lo que solamente podían hacer las palabras pequeñas o monosílabas, como sí, no, pan, can, o silbidos, y me llevaron unas tías mías, que eran pasteleras, ofrecido a los santos fraternos con unas orejas postizas de masa de bollo suizo, y a poco de la romería las mías tomaron su marcha con prisa, y aquí estoy ahora con ellas bien naturales.
    Se quitó la gorra para que se las viesen a sabor.
    - ¡Un poco alargadas! —comentó la más joven de las muchachas, una rubia risueña.
    - ¡Ya había oído yo ese milagro! —acordó la vieja—. ¡No sabía que habías sido tú!
    - El milagro anduvo en coplas —afirmó el labriego, arreando al asno con la boina.
    Saliendo de la plaza por la puerta del Palomar se veía toda la huerta de la ciudad, tendida en el círculo que formaban ocres y estériles colinas. Se sabía por dónde iba el río por los altos chopos de las dos orillas. […]
Un hombre que se parecía a Orestes, d'Álvaro Cunqueiro. Ediciones Destino. Barcelona, 1969.